lunes, 26 de marzo de 2012

La vida es sueño - Pedro Calderón de la Barca





Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 17 de enero de 1600-ibídem, 25 de mayo de 1681) fue un militar, escritor, poeta y dramaturgo barroco español del Siglo de Oro. Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño nació en Madrid, el 17 de enero de 1600. Su padre, Diego Calderón, era secretario del Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda y se casó con Ana María de Henao, de una noble familia alemana. Pedro fue el tercero de los cinco hijos que el matrimonio alcanzó a tener y era, pues, de origen montañés e hidalgo (Viveda, Cantabria). Empezó a ir al colegio en 1605 en Valladolid, porque allí estaba la Corte, pero como destacó en los estudios, el padre, de carácter autoritario, decidió destinarlo a ocupar una capellanía que estaba reservada por la abuela a alguien de la familia que fuese sacerdote. Con ese propósito pasó al Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid en 1608, situado donde ahora se encuentra el Instituto San Isidro, y allí permaneció hasta 1613 estudiando gramática, latín, griego, y teología. Cuando llevaba dos años estudiando en Madrid, falleció su madre, en 1610, y su padre casó en segundas nupcias; este hecho le unió especialmente a sus hermanos José y Diego frente a su padre. Continuó en la Universidad de Alcalá, donde estudió lógica y retórica; y en 1615, al fallecer su padre, pasó a la de Salamanca, donde se graduó de bachiller en derecho canónico y civil, sin llegar a ordenarse como hubiera sido deseo del padre. En 1621 participó en el certamen poético habido con motivo de la beatificación de San Isidro y posteriormente en el de su canonización, en 1622, y ganó un premio tercero. Decidió abandonar los estudios religiosos por la carrera militar y llevó una vida algo revuelta de pendencias y juego; también tuvo problemas en el ámbito familiar, pues el testamento paterno obligaba al dramaturgo y a sus hermanos a pleitear con su madrastra y a vender el cargo de su padre para pagar gastos. Acaso por esto tuvo que entrar al servicio del duque de Frías, con el que viajó por Flandes y el norte de Italia entre 1623 y 1625. Es posible que las difíciles relaciones con su padre influyeran en su teatro, donde es frecuente encontrar conflictos edípicos entre padres e hijos. El caso es que entre 1623 y 1625 participó en varias campañas bélicas, según su biógrafo Juan de Vera Tassis; anduvo enredado en un homicidio y en 1625 marchó como soldado al servicio del Condestable de Castilla. Su primera comedia conocida, Amor, honor y poder, fue estrenada en Madrid con motivo de la visita de Carlos, príncipe de Gales, en 1623. Desde 1625, proveyó a la Corte de un extenso repertorio dramático pero, en 1629, el irrumpir con sus hermanos en sagrado persiguiendo a un actor, más concretamente en el Convento de las Trinitarias de Madrid, donde se encontraba la hija de Lope, le causó la enemistad de Lope de Vega y del famoso orador sacrado gongorino fray Hortensio Félix Paravicino. Calderón correspondió a los ataques de este último burlándose en un pasaje de su comedia El príncipe constante, escrita en ese año, al igual que La dama duende, su primer gran éxito. Con estas y otras comedias fue ganándose el aprecio del rey Felipe IV, que empezó a hacerle encargos para los teatros de la Corte, ya fuera el salón dorado del desaparecido Alcázar o el recién inaugurado Coliseo del Palacio del Buen Retiro, para cuya primera función escribió en 1634 El nuevo Palacio del Retiro. Asimismo, eclipsada ya la estrella de Lope en los teatros, se ganó el aprecio del público en general en la década de los treinta con sus piezas para los corrales de comedias madrileños de la Cruz y del Príncipe. En 1635 se le nombró director del Coliseo del Buen Retiro y escribió El mayor encanto, el amor, entre otros muchos y muy refinados espectáculos dramáticos, para los cuales contó con la colaboración de hábiles escenógrafos italianos como Cosme Lotti o Baccio del Bianco y expertos músicos para las primeras zarzuelas que se escribieron, como Juan Hidalgo. En 1636 el Rey le nombra caballero de la Orden de Santiago y su amigo y discípulo Vera Tassis publica la Primera parte de sus comedias; al año siguiente la segunda, hasta las nueve que llegó a imprimir, si bien se conservan tres más impresas por otros editores menos cuidadosos; en 1677 aparecerá, además, la primera parte de sus autos sacramentales. Se distinguió como soldado al servicio del Duque del Infantado durante el sitio de Fuenterrabía (1638), y en la guerra de secesión de Cataluña (1640). De su vocación militar guardó siempre buen recuerdo, como plasmó en unos famosos versos. Por entonces se amplía el Palacio del Retiro y se construye un gran estanque de agua en cuya isla central estrenará en 1640 Certamen de amor y celos. Pero, herido durante el sitio de Lérida, obtuvo la licencia absoluta en 1642 y una pensión vitalicia. Estrena sus obras más ambiciosas, las que requieren música (zarzuelas) y más escenografía. Calderón es por entonces un discreto pero activo cortesano y llega a convertirse en un personaje respetado e influyente, modelo para una generación entera de nuevos dramaturgos e incluso para talentos tan grandes como los de Agustín Moreto y Francisco Rojas Zorrilla, sus más importantes discípulos. A mediados de los cuarenta, decretados sucesivos cierres de los corrales de comedias a causa de los fallecimientos de la reina Isabel de Borbón (entre 1644 y 1645) y el príncipe Baltasar Carlos (entre 1646 y 1649), así como por las presiones de los religiosos moralistas contrarios al teatro, acaeció un largo lapso de cinco años sin teatro desde 1644, y muertos sus hermanos José (1645) y Diego (1647), el dramaturgo se sumió en una cierta crisis, que coincide con la de España entre la caída del Conde-Duque de Olivares (1643) y la firma en 1648 de la Paz de Westfalia. Es más, hacia 1646 nace su hijo natural, Pedro José, y Calderón ha de replantearse su vida. Sale de esta crisis interior y exterior al reabrirse los teatros en 1649 y al convertirse durante unos años en secretario del Duque de Alba; además, ingresa en los terciarios (Tercera orden de San Francisco) en 1650 y se ordena sacerdote en 1651. Poco después (1653), obtuvo la capellanía que su padre tanto ansiaba para la familia, la de los Reyes Nuevos de Toledo, y, aunque siguió escribiendo comedias y entremeses, desde entonces dio prioridad a la composición de autos sacramentales, género teatral que perfeccionó y llevó a su plenitud, pues se avenía muy bien con su talento natural amante de las complejidades teológicas. Siguió componiendo espectáculos para los reyes en el Palacio del Buen Retiro y para la fiesta teológica del Corpus, pero se decanta por los temas mitológicos, huyendo así su fantasía de una realidad tan áspera como la que demuestra la firma de la Paz de los Pirineos en 1659. Entonces ya era el dramaturgo más celebrado de la corte y todavía en 1663 el rey siguió distinguiéndole al designarle como su capellán de honor, hecho que le obligó a trasladar definitivamente su residencia a Madrid; la muerte del monarca en 1665 marcó un cierto declive en el ritmo de su producción dramática; se le nombra sin embargo capellán mayor de Carlos II en 1666. Fue alguna vez importunado por los moralistas que veían con malos ojos los espectáculos teatrales y especialmente errado que lo hiciera un sacerdote como él. A ellos les contestó altivamente de esta manera: «O esto es bueno o es malo; si es bueno, no se me obste; y si es malo, no se me mande». Al final de su vida sufrió algunas estrecheces económicas, pero con motivo del Carnaval de 1680 compondrá su última comedia, Hado y divisa de Leónido y Marfisa; falleció el 25 de mayo de 1681, dejando a medio terminar los autos sacramentales encargados para ese año; su entierro fue austero y poco ostentoso, como deseaba en su testamento: «Descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi mal gastada vida». Así dejaba huérfanos los teatros quien fue considerado uno de los mejores escritores dramáticos de su época. La obra teatral de Calderón de la Barca significa la culminación barroca del modelo teatral creado a finales del siglo XVI y comienzos del XVII por Lope de Vega.


La obra trata sobre un rey llamado Basilio. Dicho rey iba a tener un hijo. Pero cuando lo tuvo un hado le dijo que ese hijo iba a traer el desastre al reino. En efecto, nada más nacer la madre muere, y el rey, asustado manda a su hijo a una torre escondida entre montañas donde nadie supiera que él está. Sólo Clotaldo, su ayo, conoce de su paradero. Habiéndose quedado Basilio sin descendientes varones, decide hacer un pacto de matrimonio entre la infanta Estrella (de su corte) y Astolfo, duque de Moscovia, para que de esta forma, alguien pudiera subir al trono. Pero Basilio reflexiona sobre Segismundo y decide devolverlo a palacio para ver lo que sucede y este se muestra violento y desconsiderado con nobles, damas, criados, e incluso con su padre, el cual le devuelve a la torre donde Clotaldo le convence de que todo lo sucedido había sido un sueño. Segismundo llega a conclusiones sobre la vida y los sueños. La acción de Basilio hace que el Pueblo y los soldados descubran a Segismundo y le apoyen y van a rescatarlo a la torre. Cuando llegan donde el rey, este se pone a sus pies y Segismundo es bueno con él. Decide actuar bien ya que si es un sueño, más tarde tendrá remordimientos. Llega a la conclusión de que nunca sabrá si lo que está viviendo es sueño o realidad. Y así acaba, pero durante la historia hay enamoramientos, los cuales al final quedan emparejados: Segismundo con Estrella, y Astolfo con Rosana.

SOLILOQUIO DE SEGISMUNDO:

Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas le convierte la muerte, ¡desdicha fuerte! ¿Que hay quien intente reinar, viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte?. Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende. Yo sueño que estoy aquí destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. (Acto II).-


“Y, como la vida es sueño, la templanza en todo será el mejor medio de prevenir la amargura del despertar”.

martes, 17 de enero de 2012

El símbolo perdido - Dan Brown




El símbolo perdido (The lost symbol)1 es una novela de ficción firmada por Dan Brown y publicada el 15 de septiembre de 2009 en inglés y el 29 de octubre de ese mismo año en castellano.Protagonizada por el profesor Robert Langdon y centrada su trama en una conspiración francmasónica, la historia transcurre en Washington D.C. durante doce horas. El primer día vendió más de un millón de copias en Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido. La edición mundial corresponde a la editorial Random House, que ha anunciado la aparición de 5 millones de ejemplares en su primera edición, la tirada más larga jamás hecha en su historia. En España es la editorial Planeta la responsable de su edición. La productora Columbia Pictures ya ha comprado los derechos cinematográficos de este libro, lo que cerraría la trilogía en la gran pantalla de Robert Langdon. Las cifras de las dos anteriores obras son 39 millones de libros vendidos de Ángeles y demonios (2000) y 81 millones de ejemplares vendidos de El código Da Vinci (2003), cuya versión cinematográfica recaudó 750 millones de dólares con un presupuesto de 125 millones.

Robert Langdon, el experto en simbología de la Universidad de Harvard, es convocado para dar una conferencia en la sala más importante del Capitolio de los Estados Unidos, con la aparente invitación de su mentor Peter Solomon, quien es masón del grado 33 y director del Instituto Smithsoniano. Solomon también le pide a Langdon que lleve un pequeño paquete sellado, el cual le había confiado varios años antes. No obstante, cuando Langdon llega al Capitolio se entera de que la invitación que recibió no era de Solomon, sino de su secuestrador, Mal'akh, quien ha dejado cercenada la mano derecha de Solomon en medio de la Rotonda del Capitolio en recreación de la Mano de los Misterios. Así que Mal'akh contacta a Langdon, ordenándole que encuentre tanto la Pirámide Masónica, la cual los masones creen que se encuentra escondida en algún sitio subterráneo de Washington D.C., y la Palabra Perdida, para que Solomon no sea ejecutado. Es entonces cuando Langdon se encuentra con Trent Anderson, director de la policía del Capitolio, e Inoue Sato, jefa y directora de la Oficina de Seguridad de la CIA. Al examinar la mano de Solomon, descubren una pista que los lleva a un altar masónico de Solomon ubicado en una habitación del subsótano del Capitolio, donde encuentran una pequeña pirámide que carece de vértice y que tiene una inscripción grabada en la base. Luego, Sato enfrenta a Langdon con los rayos X de seguridad que fueron tomados de su bolsa cuando éste entró al Capitolio, lo cual revela una pequeña pirámide que Langdon trajo a la supuesta conferencia en respuesta a la petición del secuestrador que se hacía pasar por Solomon. Debido a que el paquete había estado sellado por años, Langdon no era consciente de su contenido, pero Sato, descontenta con esto, intenta detener a Langdon. Sin embargo, antes de que pueda arrestarlo, ella y Anderson son atacados por Warrem Bellamy, el Arquitecto del Capitolio y francmasón, que escapa junto a Langdon durante el tumulto. Mal'akh es un francmasón con tatuajes cubriendo casi todo su cuerpo. Se infiltró en la organización a fin de obtener una antigua fuente de poder, la cual cree que Langdon puede descifrar para él a cambio de la vida de Peter. Mientras Langdon se ocupa de los acontecimientos en los que lo han metido, Mal'akh destruye el laboratorio de la doctora Katherine Solomon, la hermana menor de Peter, donde ha llevado a cabo experimentos en ciencias noéticas. Se conoce también que la CIA está persiguiendo a Mal'akh por asuntos de Seguridad Nacional. Casa del Templo en Washington D.C. Mal'akh captura a Langdon y hiere gravemente a Katherine Solomon. Luego encierra a Langdon en un tanque de perfluorocarbono oxigenado o líquido respirable, desde donde éste descifra el código en la base de la pirámide para Mal'akh, quien entonces escapa con Peter Solomon a la Sala del Templo de la Casa del Templo del Rito Escocés. Langdon y Katherine son eventualmente rescatados por Sato y su equipo, quienes van en una carrera contra reloj hacia la Casa del Templo, donde Mal'akh amenaza con publicar un vídeo que contiene imágenes fuertes, las cuales muestran a funcionarios del gobierno llevando a cabo rituales masónicos secretos. Mal'akh, quien resulta ser Zachary Solomon —el hijo de Peter que por mucho tiempo se creía muerto— obliga a su padre a decirle la Palabra —el circumpunto— y se la tatúa en la fontanela, la última porción de piel que le quedaba sin tatuar en su cuerpo. Luego le ordena a Peter que lo sacrifique, puesto que piensa que es su destino convertirse en un espíritu demoníaco y liderar así las fuerzas del mal. No obstante, la directora Sato llega al Templo en un helicóptero, el cual destroza el panel de vidrio en lo alto de la Sala, provocando que los fragmentos de cristal atraviesen fatalmente a Mal'akh. Es así como la CIA logra malograr el plan de Mal'akh de transmitir el vídeo a destacados medios de comunicación, al usar un cañón de pulso electromagnético que desactiva una antena en la ruta de la red que iba desde el computador portátil que emitía los datos. El vértice del Monumento a Washington. Más tarde, Peter le revela a Langdon que el circumpunto que Zachary se tatuó en la cabeza no era la verdadera Palabra. Decide conducir a Langdon al verdadero secreto detrás de todo y lo lleva a la habitación que se encuentra en la alto del Monumento a Washington, contándole que la Palabra —una Biblia cristiana común, la «palabra de Dios»— yace en la piedra angular del mismo Monumento, enterrada en la tierra debajo de la escalinata donde se encuentran. Langdon comprende que los símbolos en la base de la pirámide se transliteran como las palabras Laus Deo, lo cual a su vez se traduce como Alabado sea Dios. Estas palabras están inscritas sobre el pequeño vértice de aluminio en lo alto del Monumento, que es la verdadera Pirámide Masónica. Peter además le cuenta a Langdon que los masones creen que la Biblia es una alegoría esotérica escrita por la humanidad, y que, al igual que muchos textos religiosos alrededor del mundo, contiene instrucciones escritas en un lenguaje críptico para aprender a desarrollar las cualidades divinas presentes en el hombre por naturaleza. Todo tiene relación con las investigaciones noéticas que Katherine llevaba a cabo en su laboratorio y no se debe considerar como las órdenes de una deidad omnipotente. Esta interpretación se ha perdido a través de siglos de escepticismo científico y fanatismo fundamentalista; los masones lo han (metafóricamente hablando) enterrado, creyendo que, cuando sea el momento propicio, su redescubrimiento marque el comienzo de una nueva era de iluminación humana.

Un libro fantástico. Como siempre nos tiene acostumbrados este autor, muchos datos interesantes, una historia que atrapa al instante y de muy fácil lectura. El autor sigue manejando muy bien la intriga y el suspenso dejando expectante al lector.

sábado, 26 de noviembre de 2011

La Regenta - Leopoldo Alas "Clarín"



Leopoldo García-Alas y Ureña «Clarín» (Zamora, 25 de abril de 1852–Oviedo, 13 de junio de 1901) fue un escritor español.
Nació en Zamora el 25 de abril de 1852 en Zamora, donde se había trasladado su familia desde Oviedo, al ser nombrado su padre, Genaro García Alas, gobernador de la ciudad.Leopoldo fue el tercer hijo del matrimonio.


En la casa se hablaba continuamente de Asturias y su madre, Leocadia, con cierta nostalgia, contaba relatos de aquella tierra de sus antepasados (aunque ella tenía también hondas raíces leonesas). Este ambiente influyó en gran medida en el espíritu del niño Leopoldo que desde siempre se sintió más asturiano que zamorano, aunque a lo largo de su vida conservó un cariño especial por las tierras que lo vieron nacer.


A los siete años entró a estudiar en el colegio de los jesuitas ubicado en la ciudad de León en el edificio de San Marcos (actual parador de turismo).
Desde el principio supo adaptarse a las normas y a la disciplina del centro de tal manera que a los pocos meses era considerado como un alumno modelo. Sus compañeros lo conocían con el mote (sobrenombre) de «el Gobernador», por alusión a la profesión de su padre. Sus biógrafos aseguran que esta etapa estudiantil engendró en Leopoldo el sentimentalismo religioso y el principio de gran disciplina moral que fueron la base de su carácter. En este primer año escolar ganó una banda azul como premio y trofeo literario. La conservó toda su vida y se encontraba entre los objetos más queridos del museo familiar.


En el verano de 1859 toda la familia regresó a Asturias. Leopoldo descubrió con sus propios ojos la geografía asturiana de la que tanto había oído hablar a su madre. Durante los años siguientes Leopoldo se encuentra en libertad por las tierras de Guimarán, propiedad de su padre, donde aprenderá directamente de la Naturaleza y de los libros que encuentra en la vieja biblioteca familiar, donde entra en contacto por primera vez con dos autores que serán sus maestros: Cervantes y Fray Luis de León.


El 4 de octubre de 1863, a la edad de once años, Leopoldo ingresa en la Universidad de Oviedo en lo que se llamaban «estudios preparatorios», matriculándose en las asignaturas de Latín, Aritmética y Doctrina Cristiana. El curso lo terminó con la nota de sobresaliente y con la adquisición de tres buenos amigos: Armando Palacio Valdés, Tomás Tuero (que fue también escritor, traductor y crítico literario) y Pío Rubín (escritor).


Después de finalizar sus estudios en la Universidad, se trasladó a Madrid para hacer el doctorado, alojándose en una posada de la calle de Capellanes. Allí encontró a sus amigos de Oviedo, Tuero, Palacio Valdés y Rubín. El grupo fue pronto conocido como «los de Oviedo». Los primeros tiempos en la capital no fueron satisfactorios para Leopoldo que añoraba su tierra asturiana, las montañas y la bruma.


Años atrás había entrado en España la teoría del krausismo, de la mano del jurista y filósofo español Julián Sanz del Río, que había sido discípulo en Alemania de Karl Krause. Sanz del Río fue profesor de Filosofía del Derecho ejerciendo tal influencia entre sus alumnos que estos aplicarían el krausismo poniendo en marcha un movimiento ideológico intelectual que culminó con una gran reforma en la educación libre, con la creación de la Institución Libre de Enseñanza, no sólo en España sino también en Hispanoamérica, y en cambios relativos a la sociedad y a la política. Pero fue expulsado de la cátedra a instancias de Isabel II y alguno de sus ministros por considerar tal doctrina como peligrosa para la seguridad del régimen. Este hecho ocasionó un gran revuelo entre los jóvenes seguidores de Sanz del Río que siguieron transmitiendo sus enseñanzas a los siguientes discípulos. Krausistas destacados fueron Joaquín Costa, Francisco Pi i Margall, Nicolás Salmerón, Rafael María de Labra, Emilio Castelar y Adolfo Camus. Fue en la cátedra de este último y de Nicolás Salmerón donde Leopoldo se empapó de las ideas krausistas que hicieron nacer en él poco a poco, la duda religiosa y el escepticismo filosófico.


En la Cervecería Inglesa de Madrid se reunían en tertulia «los de Oviedo». Poco a poco el grupo se fue incrementando con jóvenes intelectuales apasionados como ellos por la libertad y las nuevas ideas. Uno de estos nuevos contertulios fue Leopoldo Cano (futuro escritor y autor de La Caida de Edgar). Durante aquel curso, Clarín se vio en constante lucha interior no sólo con el krausismo sino con el naturalismo literario y el liberalismo laico. Todavía tenía ciertas reservas, pero al finalizar el año, el mismo Clarín comenta que «su espíritu se había fortalecido» y había capitulado del todo, no sin antes emplear y poner su capacidad de crítico a la defensiva, actitud que ha de acompañarlo el resto de su vida.


Casi todos los biógrafos de Clarín vienen a estar de acuerdo en este punto: su caciquismo literario, algo tiránico. Desde su retiro de Oviedo llega a hacerse temer y respetar en Madrid y se da a conocer en Europa y en América. Fue un provinciano universal, aunque su ciudad, Oviedo, nunca comprendió su universalidad. Se lo consideraba como un hombrecillo nervioso y miope, que daba clases en la Universidad y que por las tardes jugaba al tresillo en el Casino. Los estudiantes lo temían por su severidad y la sociedad lo consideraba un ateo liberal.


Durante los últimos años de su vida, Clarín recibe gran cantidad de ofertas para colaboraciones así como peticiones de autorización para traducir su obra en nuevas ediciones. En 1900, la Casa Maucci de Barcelona, le encarga la traducción de la novela de Émile Zola Trabajo. La retribución es buena y Clarín piensa que una traducción no le dará tanto trabajo como escribir. Pero los tecnicismos y palabras difíciles del escritor francés, unido al perfeccionismo de Clarín hacen que el trabajo se alargue durante meses, agotando la poca salud que tenía en aquellos años. Traduce día y noche para cumplir con la fecha indicada por la editorial, agotado pero contento de poder contribuir en dar a conocer al «pensador más ultrajado de todo el siglo XIX».

Su obra cumbre: La Regenta (1884–1885)


Obra de gran extensión, ostenta cierta declarada semejanza con Madame Bovary, de Flaubert, y Ana Karenina, de Tolstoi, influencia a la que habría que añadir la del naturalismo y la del krausismo (corriente filosófica que pretendía la regeneración cultural y moral de España).


La Regenta se destaca por su gran riqueza de personajes y planos secundarios,así como el uso de la técnica del fluir de los recuerdos, mientras que el retrato de la protagonista queda delicadamente desenfocado y vago. Por otra parte, aquí la caída de la señora provinciana tiene lugar entre dos cortejadores muy diversos: el más seductor galán de la ciudad, que acaba triunfando, y un canónigo de la catedral. El retrato de este canónigo es pieza clave del libro.


Para la descripción del ambiente provinciano y del entramado de la vida colectiva —lo más naturalista de la novela— Clarín utiliza técnicas como el monólogo interiorizado (el monólogo interior nace más tarde, con Joyce y Dostoyevski) y el estilo indirecto libre, que hacen que la historia sea narrada por los personajes a través de sus pensamientos y que permiten penetrar en sus interioridades. Gracias a estas técnicas y un minucioso estudio del personaje en el medio (es decir la sociedad en la que vive) los personajes adquieren una cierta profundidad psicológica.


La bella Ana Ozones, hija de un revolucionario obligado a emigrar y huérfana de madre, a la muerte de aquél es recogida por dos tías hipócritas y santurronas, doña Anuncia y doña Águeda, cuya única inquietud por la joven se reduce a encontrarle un marido rico. Así, al cumplir los 20 años de edad la casan con don Víctor Quintanar, magistrado cincuentón, bueno, amable y culto. Ambos se marchan a Granada, pero poco después se instalan en la ciudad provinciana de Vetusta, pues don Víctor es nombrado regente de la audiencia en dicho lugar. Desde este momento todos conocen a Ana Ozores como la Regenta.
La diferencia de edad con su esposo, quien además se desentiende física y espiritualmente de ella, ocupado sólo en ir de cacería, criar pájaros y leer obras de teatro así como la carencia de hijos, son una amarga experiencia para Ana Ozores. Apasionada y sensual, sin poder satisfacer sus aspiraciones y necesidades junto a su esposo, se siente ahogada por el ambiente que la rodea. "Vivir en Vetusta la vida ordinaria de los demás, era encerrarse en un cuarto estrecho con un brasero; era el suicidio por asfixia".
Luego de ocho años de matrimonio estéril, insatisfecha, frustrada y vacía por la vida rutinaria de Vetusta, busca consuelo en la religión y en prácticas piadosas, inducida por su confesor don Fermín de Pas. Pero el trato frecuente de Ana con el sacerdote, joven de 35 años de edad, involuntariamente despierta en éste una pasión amorosa, de la cual ella se aparta horrorizada.
Don Álvaro Mesía, un donjuán provinciano, ignorante y veleidoso, desde tiempo atrás galanteaba a Ana Ozores sin que ella le prestara atención; pero al descubrir los sentimientos equívocos de su confesor, la desilusión y su propia debilidad de mujer joven e insatisfecha la impulsan a entregarse a aquel tenorio.
Cuando el confesor se entera de este hecho, cegado por los celos y el deseo de vengarse, se vale de la criada Petra para enterar al marido del adulterio de Ana. Luego de una dolorosa lucha consigo mismo, Víctor Quintanar reta a duelo a don Álvaro. Inesperadamente, Mesía mata a don Víctor y huye de Vetusta.
El desenlace de la obra es dramático: menospreciada por la mojigata e hipócrita sociedad de Vetusta a raíz de estos sucesos, Ana Ozores también sufre el rechazo de su confesor, el despechado don Fermín, a quien ella acude en busca de consuelo.
De estructura y trama sencillas, todos los críticos coinciden en afirmar que La Regenta es una de las mejores novelas españolas del siglo XIX, sobre todo por la profundidad con que en ella se trata la evolución psicológica de sus protagonistas, de lo cual resulta un análisis minucioso y definitivo de sus estados anímicos.
Por otra parte, el autor también hace vivir en sus páginas gran variedad de personajes con sus intrigas, desdichas, contradicciones, envidias y pedanterías, para conformar un complejo mundo narrativo de indudable riqueza, pintura realista del ambiente opresivo que reina en la provincia, cuyo mejor ejemplo es Vetusta.